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Artículo sobre Graciela Lorenti

Broceliande”. Una exposición de Graciela Lorenti.
Por Juantxu Bohigues.

aran-i-1Hablar de los cuadros de Graciela, para mí es como hablar de mis vivencias, de los dieciocho años que llevamos juntos, conociéndonos, alimentándonos. Ella crea un cuadro llamado “Yellow”, yo escribo un relato llamado “Yellow”. Creo un libro de relatos llamado “Henry Miller en el metro” con mi amigo Javier Azcue, y el día de mi cumpleaños ella me regala un cuadro llamado “Henry Miller en el metro”. Y el único recuerdo que tengo, el más antigüo, de las cinco casas en las que he estado en Madrid es su cuadro “Lagartija en la ciudad”, un cuadro que compré a escondidas con el poco dinero ahorrado que tenía.

Hay que romper la materia para verla”.

Cuando hablamos de su trabajo, ella me dice que el caos tiene que aparecer en algún momento; no saber por dónde tirar, … llega un instante en el cual tiene que explosionar la pintura desde dentro, abrirse en canal. A mí esto me encanta, el no saber, el investigar, el sentirse perdido, el darse cuenta que no lo vas a conseguir.

Como buen valenciano que soy, nos pasamos todo un año trabajando para esos ninots, esas caricaturas de políticos hechas con cartones, esas maderas creando unas estructuras tambaleantes, llegada “la nit del foc” (la noche del fuego), quemarlo tromacaosodo y volver a empezar. La destrucción como fuente creadora. El fuego como purificación y pérdida de una parte de nosotros. No hay un cuadro igual a otro en Graciela. Cada cuadro es una parte de su vida; como nos conocemos tanto, miro un cuadro suyo, y sé en qué apartamento vivía, en qué momento vital estaba, los nombres de sus demonios y la compañía de sus perros. Los títulos de sus cuadros recogen esas partes de ella, sus pesadillas, sus opiniones, sus sonrisas, y también habla de sus rincones oscuros y de sus neveras vacías.

No me interesa lo que haga mañana, sino la tela verde”.

No puedo reprimirme y quiero enumerar el título de alguno de sus cuadros: “Biografía, con casa que no se llega a tener”; o este otro “Cuando Hank y yo éramos peces, un avión rojo sobrevoló el patio de juegos”, y uno más “Dulce soledad como pez en el agua”.

Broceliande” es un bosque en la región de Bretaña, dónde se dice que está enterrado Merlín, el brujo que estuvo al servicio de Arturo y sus caballeros de la tabla redonda.

Pero  “Broceliande” es también el rugido de las tripas de Graciela cuando visitó ese lugar, esa lucha mortal entre rojos y verdes para aplastar al amarillo, cómo el azul pelea por su pequeño sitio en el cuadro. Convertir pensamientos y sensaciones en colores no está al alcance de cualquiera, pero afortunadamente para nosotros, es el lenguaje de Graciela.

Qué intenta un cuadro sino el color”.

No he visto en ningún sitio otros colores como los que exhibe Graciela en su obra. Creo que los tritura, destroza los pigmentos, los mezcla, hasta descubrir lo que ella busca.

Me gusta que un cmi-querido-henryolor nazca fruto de un esfuerzo tan brutal. El resultado de una investigación, de una sorpresa, del azar, jugando con la destrucción, interviniendo tu estado anímico.

Cómo me dijo alguien una vez “No hay reglas”. No hay un cuadro igual a otro en su obra. Graciela es una esponja, hace poco estuvo en Irlanda y creo una belleza llamada “Postales desde Irlanda” (está en la exposición), se alimenta de lo que lee, de lo que come, de los sitios que visita, de sus compañías, de sus olores. Tiene un cuadro suyo llamado “Nuestro viaje a Strattford” y es un lindo homenaje a la memoria de William Shakespeare. Tragedia y belleza a partes iguales.

Mi labor es imposible, se trata de acercar el mundo de Graciela, el mundo de los colores, su memoria, sus amigos, sus lágrimas, sus voces, a un lenguaje que no es el suyo. La palabra nunca se sintió tan pequeña ante la belleza de sus cuadros. La fortaleza de sus trazos, la búsqueda de algo que no existe, expresar tu alma con un color, el desgarro de tu existencia con una pincelada. No se puede, lo siento, no se puede.

Siempre se puede surgir de las profundidades”.

Cuando admiro un cuadro de Graciela sonrío, me da alegría, no me siento decepcionado, descubro honestidad, descubro a un amigo, descubro a un compañero de galeón en un naufragio, a una mano tendida en el centro de un laberinto. Vuelvo a sus títulos para que ilustren este camino que no lleva a ninguna parte. Me gusta perderme en sus cuadros, refugiarme de la lluvia, mirar a la vida a los ojos, cortarme en las rocas de un acantilado. Tormenta”, “Opinión de laberinto”, “Cielo, cielo, cielo”.aran-iv

No quiero hablar de sus pintores, ni de sus influencias (algunas reconocidas), sería como decirte a ti, amigo aventurero, qué camino quieres tomar, qué decisión debes elegir, no, lo siento, esto no es tan fácil. Hace falta compromiso, quiero que te pierdas, quiero que dudes, quiero que te interrogues sobre el dolor de tu páncreas, y tus equivocaciones.

Pintor capaz de arriesgar, fracasar, de fracaso en fracaso”.

En mis clases de dramaturgia decía: “Ya no estáis en la escuela, ahora podéis escribir lo que queráis”. Me gusta la libertad que se toma Graciela. Todo puede ocurrir en un cuadro suyo. Todo está permitido. La duda, la experimentación con función creadora.

No ponerse límites, cruzar laberintos, permitirte trasgredir, ir más allá. Ser demiurgo de tu propia piel.

Atrévete amigo a cruzar el umbral de la Galería FeedingArt y déjate llenar, déjate nutrir por algo diferente, dónde la razón, el pensamiento y la locura caminan en la misma calle. Dónde los límites no existen.

Sólo quiero terminar con una frase que alguien me dijo.

La explosión es lo más importante para mí”.

                                                                                           Juantxu Bohigues.

 

 

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Berit Hals, de la artesanía al arte

AlbertoMinguez

Embellecer la vida, convertir lo cotidiano en amable, huir de lo gris, de lo mecánico, de lo hueco y mil veces reproducido, sustituirlo por aquello que lleva la huella de nuestras manos, de nuestro trabajo, de nosotros mismos.

Pintura en seda, una técnica que resulta tan original como evocadora, que nos sugiere un trabajo cuidado y paciente, un medio luminoso donde reflejar la vida y contar quienes somos. Berit Hals conecta de esta forma con la corriente que desde la hermandad prerrafaelista y el movimiento Art & Crafts de mediados del XIX pasando por los estilos del 1900 (Art Nouveau, Modernismo…) y posteriormente por la Bauhaus, reivindica la nobleza de la artesanía fundiéndola con el arte y con la vida, entendiéndola como un medio para reconciliarnos con la belleza en el día a día, para liberarnos de lo impersonal, de lo rutinario, de lo vacío.

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Así, esta artista nos habla de su mundo femenino, de su barrio, Lavapiés, de sus amigas, de sus ideas.

Lo hace de una forma alegre y desenfadada irisada por los brillos de la seda coloreada en un trabajo que no permite la corrección y que por lo tanto exige una especial intuición del artista.

Nos remite Berit a un mundo particularmente femenino como lo hacían los prerrafaelistas aunque desde el punto de vista de una mujer de su tiempo. Así, la idealización de la mujer ensoñada por los hombres del XIX como Dante Gabriel Rossetti pasa a convertirse en admiración por las figuras reales de la historia o de simpatía por aquellas mujeres cercanas, amigas y compañeras que esta artista lleva a sus obras. Un ejercicio de sencillez brillante, de cotidianidad amable y también de compromiso.

Un estupendo ejemplo de cómo el trabajo artesano puede ilustrar la vida y convertirse en arte.

Alberto Mínguez Martínez   

Jorge Andrés Segovia, pintor de sentimientos

Miradas | Redacción ‘bez diario‘ Calle Gran Vía, 16 4ºI | hasta el 22.03.16

Foto_MarinaFertre_EXPOARTEMADRIDMarina Fertré, EXPORARTEMADRID

En 2012, Jorge Andrés Segovia Gabucio (Madrid, 1957) decidió dar el gran paso: apostar por la promoción de su obra para poder dedicarse enteramente al arte. Desde entonces, la trayectoria de este pintor autodidacta no ha parado de crecer. Sus lienzos se exponen en salas y galerías de ciudades como Barcelona, Gijón, A Coruña, Córdoba, Málaga y, por supuesto, la capital española.

Madrid acoge su inauguración más reciente, organizada por la galería FeedingArt el pasado 2 de febrero en la redacción del periódico digital bez (Gran Vía, 16 4ºI).

Miradas es el título de esta exposición compuesta por una selección de veintiún lienzos pintados al óleo, elaborados a lo largo de 2014 y 2015. Todos comparten la esencia del estilo de Segovia, que se caracteriza por la pincelada suelta y la recreación de un ambiente cotidiano. Su modo de pintar es fresco y espontáneo. El detalle, sólo donde procede. Únicamente para centrar la atención en determinada figura, gesto o matiz. Como decía el pintor impresionista Claude Monet: no se pinta un paisaje, una marina.., se pinta la impresión de una hora al día”.

Transmitir impresiones. Ésa es la intención de la obra de Segovia. La realidad no se representa de un modo fiel, sino que aparece distorsionada por el filtro de las emociones. Por eso, cuando se critica negativamente la inexactitud de las proporciones de algunos de sus cuadros, como El ciego y su Lazarillo (2015), el pintor aclara: Son así. No dibujo la realidad, sino lo que ésta significa para mí. Porque, Segovia también es capaz de afinar y ajustar las dimensiones. Así lo demuestran pinturas más realistas como La hora del recreo (2014).

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El discurso de esta muestra de corte costumbrista, alude a dos temáticas. Por un lado, a la época gris del Madrid de la posguerra, con lienzos como Gran Vía (2014), homenaje a su infancia y sus a padres. Por otra parte, retrata a personas en estado de pobreza y exclusión social o que se ganan la vida en la vía pública, como la joven de Maternidad (2014) o el músico callejero de Escenario la calle (2014). A pesar de la trágica condición de los modelos que escoge, Segovia no se recrea ni en el dolor ni en el sufrimiento, sino que se centra en transmitir la dignidad y la belleza decadente de la escena.

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Sin duda, los elementos fundamentales de las producciones de Segovia son la luz y el color. Sus cuadros, influenciados por los de maestros como Joaquín Sorolla, están bañados por una luz que trasmite la emoción del instante y que está en perfecta sintonía con la paleta de tonalidades. Por tanto, la iluminación no sólo aporta carácter a la atmósfera, sino que traduce visualmente el significado de cada obra haciendo patente el verdadero talento de Segovia como ‘pintor de sentimientos‘.

Marina Fertré